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Miguel Esteves Saguí; Angel Peluffo; Luis Olivera. Las Abejas: Contestación de la Sociedad Rural Argentina, a una consulta del Sr. D. L. F. Thiriot, (Luis F. Thiriot) Inspector Nacional de agricultura en Córdoba. Anales de la Sociedad Rural Argentina. 1876. Volumen 10, Nº 11: 461-466.

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  1. Miguel Esteves Saguí; Angel Peluffo; Luis Olivera. (1876). Las Abejas: Contestación de la Sociedad Rural Argentina, a una consulta del Sr. D. L. F. Thiriot, Inspector Nacional de agricultura en Córdoba. Anales de la Sociedad Rural Argentina. 1876. Volumen 10, Nº 11: 461-466. Artículo Total PDF 1.473 Kb.

Artículos transcripto[]

Señor D. L. F. Thiriot. Córdoba.

Buenos Aires, 31 de Octubre de 1876.

Muy señor mio:

En contestación a su atenta consulta de fecha 15 de septiembre ppdo. sobre si es conveniente o no el cultivo de la abejas en este país y si son perjudiciales a los árboles frutales, debo decir a Ud. que la Comisión Directiva la sometió al estudio de una Comisión especial y que ha resuelto transmitir a Ud. copia (que va adjunta) del dictamen de dicha Comisión, esperando que ella satisfará las aspiraciones de Ud. en cuanto es dable hacerlo a la Sociedad Rural Argentina cuando se la consulta.

Saluda a Ud. atentamente.

Emilio Duportal.

Vicente C. Amadeo.


Señor Presidente de la Sociedad Rural.

Invitados los infrascritos para abrir opinión relativamente a la consulta del Sr. Thiriot del Departamento Nacional de Agricultura en Córdoba, acerca del cultivo de abejas, nos hemos impuesto del contenido de los antecedentes; y vamos a emitir nuestro parecer, según las ideas que tenemos formadas.

La consulta procede de la divergencia de opiniones en la Municipalidad de Córdoba. Primeramente, una ordenanza del 11 de Septiembre de 1869 prohibió la (pag. 462) cría de abejas dentro de un radio del municipio, (exactamente lo que tenemos en nuestro Código Rural). Ultimamente esa ordenanza ha sido derogada; y de ahí lo queja de unos, y la aprobación de otros.

Entre estos el Sr. Thiriot en su vista, origen de esta consulta, propone en estos términos la cuestión: Me dirijo pues, a la Sociedad Rural Argentina.... con el fin de recabar de ella su importante opinión sobre si es conveniente o no el cultivo de abejas en este país; y si son como dice el Sr. Senestrari perjudiciales a los árboles frutales.

Establecida la cuestión de esta manera, la respuesta que ocurra tiene que ser muy sencilla.

La abeja desde los mas remotos tiempos se ha considerado un ramo útil de industria; y aunque de origen silvestre en los países de las zonas templadas, ya en uno u otro hemisferio, el hombre como entre otras cosas con que le brinda la naturaleza, se apoderó de ellas, y se dedicó a su educación y aumento: tales eran los frutos que reportaba del industrioso insecto; y tal también el origen de hacerle caer bajo la legislación de la propiedad particular.

Perjudiciales, no pueden ser pues, cuando en todas épocas y naciones, la legislación ha tomado parte en protección de los cultivadores; y hasta los poetas como Virgilio se han ocupado en sus encomios y en dar reglas para su cuidado en forma de poema.

De la gran familia de estos insectos, la que ha merecido particular cuidado es la del antiguo continente, abeja común (apis melifica); y esta es la que como el gusano de seda ha sido transportada a otras partes, como ha sucedido entre nosotros, donde no existía hace veinticinco años, sino como una mera curiosidad de algún aficionado.

No se necesita entrar en mas detalles para resolver como tesis general que como ramo de industria la abeja es uno de tantos útiles al hombre. Verdad es que al presente no puede tener la importancia que algunos siglos antes.

Para los antiguos que no conocían ni usaban el azúcar, que tampoco conocían la estearina, tenían mucha mayor importancia la miel y la cera.

Perjudiciales a los árboles ni son ni pueden ser por su naturaleza misma. Himenópteros como las hormigas, se distinguen inmensamente de estas. Si la abeja fuera como ella, bien podría decirse que el introductor de semejante plaga había merecido una execración eterna.

Las abejas no perjudica pues, a los árboles en ningún sentido; pues aunque dotada de mandíbulas, no hace con ellas el oficio de la langosta, por ejemplo. Su afán es recojer el polen; y de aquellas si se vale, es a lo mas para romper las anteras cuando están próximas a abrirse. Nutrirse y recojer el jugo azucarado de las flores, envolverse el insecto en polen, es todo su empeño, que hasta aquí se tiene por innocuo para la fructificación. En cierto que si mucha fuese la cantidad que asalta al árbol en su florecencia, pudiera traer alguna disminución de fecundación. Algunos de los infrascritos nos hemos fijado algo en esto: y aunque podemos todavía aventurar una conclusión fija, diremos (pag.463) lo que llevamos observado en nuestras propiedades rurales. El año anterior los frutales se cargaron de flor, duraznos, ciruelas, damascos, etc. y, sin embargo la fructificación si no fue mala fue escasísima, muy mezquina. Este año observamos otro tanto: la estación ha sido benigna al tiempo de la florecencia, que ha sido abundante, salvo algunos pocos días destemplados, suficientes a inutilizar o impedir algunas partes de la fructificación; pero no casi toda como sucede. Hemos hecho comparación con los almendros: frutal que florece antes que otros, con riesgo de los últimos fríos de invierno; pero como todavía no es la temperatura adecuada a la salida de las abejas, de ahí que la fructificación de aquellos tanto el año anterior como este ha sido abundante.

¿Por qué no los duraznos y los damascos o ciruelas que florecen mas tarde, con días mas largos y mas templados?. El riesgo estaría por la precocidad de los otros árboles y no de estos últimos, si los fríos fuesen la causa. De Julio a Agosto florecen los almendros; de fines de Agosto a Septiembre los demás.

Pues nuestra observación nos guía a esto: La abeja carga en las flores, se revuelve y envuelve en el polen fecundante; y cuando las anteras aun no se han abierto del todo, la abeja emplea sus mandíbulas en romper el saquillo en la antera, y acelera la salida del polen. Hemos visto que prefieren la flor que está para soltar el polen, a la que ya la ha soltado de suyo algunos días antes.

Uno, dos o tres de estos insectos, ciertamente que no pueden absorber o llevarse mas que una parte; pero si caen millares, al fin tanto pueden llevar, que dejen al ovario de la flor privado de aquel polvo seminal indispensable para la fecundación. La confirmación de esto en veces repetidas, será lo que haga establecer la consecuencia.

Entre tanto, la propagación de la abeja es tan inmensa, y sus viajes se extienden a tanta distancia, que sin tener nosotros colmenas, recibimos la invasión de los que riéndose de la ley, las tienen dentro del ejido.

Sin embargo, como puede ser que otras causas climatéricas hayan influido el año anterior y el actual, no podemos decir que traigan las abejas ese perjuicio a los frutales.

Así pues respecto a los dos puntos generales , nuestra opinión es: La apicultura no es inconveniente: no es dañosa a la arboricultura: es una industria como cualquier otra, que puede ser mas o menos útil.

Ahora por lo que respecta al daño a las frutas, o los demás incidentes de reglamentación, que es necesario como en muchas de las industrias, ya rurales, ya fabriles: en esto y por experiencia propia estableceremos nuestro modo de ver.

Las publicaciones agregadas a la nota que motiva esta consulta, nos han hecho comprender que si la cuestión puesta en tesis general debe resolverse como hemos indicado: apreciada en esos otros detalles necesita de ciertas explicaciones.

Que la apicultura necesita una reglamentación, no puede ponerse en duda. El Código Civil en muchos ramos reconoce y establece el principio, (pag. 464) quedando a las circunstancias locales el modo de reglamentarle: atribución que corresponde sin duda a las municipalidades. Lo que puede convenir en un municipio, tal vez es dañoso a otro. No hablamos de reglamentación de la industria misma; porque esto atañe exclusivamente al industrial. Nos referimos aquellas reglas que en esta como en la generalidad de las cosas son necesarias, para el interés individual que poco se cuida y muchas veces ni le importa el interés de la comunidad, no ataque o perjudique a terceros.

En esta la base esencial sobre la cual se apoya el principio sagrado de la propiedad. Axiomas comunes son, que el dueño use como le parezca aquella; pero de modo que no cause perjuicio a tercero.

Así vemos que en todos los ramos industriales hay tres fundamentos de restricción aquel soberano derecho.

  • 1º Que la industria (suponemos industria lícita) no sea peligrosa.
  • 2º Que no sea pestilencial o que ocasione emanaciones o deletéreas.
  • 3º Que no sea incómoda o damnificante.

Las abejas no están en el primer caso: si no se le ataca no hay peligro. Tampoco están en el segundo: al contrario es una sociedad modelo, cuyos individuos son por excelencia pulcros y aseados. Y tanto que cuando se su colmena no puedan sacar con sus pequeñas fuerzas reunidas algún cuerpo extraño pestilente, cuidan de petrificarlo valiéndose del popólio que saben fabricar tan bien como la cera o la miel.

¿Podrá decirse sin embargo que no estarán en el tercer caso?. Creemos que no; y entonces como cualquier otra cosa, caen bajo el régimen reglamentario, para estorbar incomodidad o daños.

Que la ley tiene que entrar a considerar ante todo el interés de la comunidad, no se puede desconocer: v. gr. Una fábrica de pólvora o de artefactos pirotécnicos (establecimientos peligrosos) ¿quien puede dudar que la reglamentación para que existan fuera de tal radio es no solo justa, sinó de inmensa necesidad?.

Con todo no se ataca el derecho del propietario: se proteje la seguridad de los demás, aun cuando a aquel poco le importa la suya, y si solo su individual provecho. Una jabonería, una fábrica de almidón, un matadero (establecimientos insalubres, aunque necesarios): caen doblemente bajo la reglamentación, ya respecto a su ubicación, ya a su misma manipulaciones. ¿Y se dirá que por esto se ataca el derecho a la propiedad?.

Los hornos y cuadras de panadería, las fraguas, etc., (establecimientos incómodos) ¿quién duda que puede reglamentarse el modo de situarlos, de manera que no incomoden al vecino o vecinos linderos?. Y así se hace en todas partes, donde la población por su extensión lo requiere.

Pero decimos, si no están las colmenas en ninguno de estos casos, están en la de causar daños; y esto es efectivo por mas que se diga.

Uno de los infrascritos y antes del Código Rural, se propuso el cuidado de colmenas, y ya tenia un número de consideración.

(pág. 465). Como esto era accidental, sucedió que en las frutas, especialmente en las mejores uvas, y al tiempo de la madurez, las abejas cargaron horrorosamente sobre ellas. Era una ruina: fue preciso o renunciar a una cosa o a otra; y preferimos deshacernos de las colmenas.

Entre nosotros que no tenemos grandes viñedos, (donde por inmensa que sea la cantidad de abejas, no se advierte mayor daño), sin duda que el trabajo de aquellas es mas perjudicial, porque tampoco como en otras partes hay prados naturales de flores silvestres, a no ser puros cardales, y es evidente el perjuicio. Si la fruta es el ramo del industrial, le causa pérdidas: si es por mero recreo y comodidad ¿por qué principio puede tolerarse que un vecino le perjudique?.

Tan cierto es, que basta observar que al empezar a madurar la uva, ademas de las otras plagas de que uno tiene que defenderse, vienen esas emigraciones de abejas del que no tiene ni quizás una sola parra, a destruir el fruto del año. Es tanto mas dañosos esto, cuanto que a la salida del verano no hay entre nosotros por lo general, flores que alimenten a la abeja y ella se busca su acopio en el jugo almibarado de las frutas. Esto no puede tolerarse; porque por favorecer a unos se trae mal a otros. El hecho es evidente: cualquiera ha podido comprobarlo.

Se dan reglas, v. gr., para que tal o cual vecino use de su propiedad de modo que no perjudique a los demás: ovejas o ganados en los campos, palomas, aves. cerdos. etc., todo está reglamentado para que no vayan a hacer daño, ya por la poca estensión de terreno, ya por la falta de cuidado del dueño. ¿Y ha de ser indiferente, ha de ser lícito que porque convenga a un vecino tener colmenas en un reducido espacio, sin los medios de alimentarlas se haya de dejar que vayan a merodear en la vecindad?. A otros animales se les ataja, se les encierra; pero mate uno, o encierre abejas!.

El daño que causasen estaría en el caso de ser resarcido por las reglas generales (Código Civil, tit. 9 cap. 1 sec. 2º lib. 2º): pero la dificultas está en la naturaleza misma de las cosas. ¿Como puede decirse que son las abejas de tal o tal vecino (supuesta la absoluta libertas) las que han causado el daño?.

De ahí pues, ue este ramo de industria como otros muchos esten en el caso de las restricciones al dominio de que habla el Cód. Civ. (tit. 6. lib. 3)

En Francia, dice Block, aunque no existe (no en materia de ley general: es de reglamentación) ninguna ley que autorice a los maires a dictar prescripciones relativamente a las abejas: sin embargo, en virtud de disposiciones generales (las mismas pues, de nuestros Códigos) que les confieren el derecho de velar por la seguridad de todos, es de regla municipal que la autoridad debe conocer en lo relativo a establecimientos de colmenas, y puede rehusar su autorización, si juzga que el vecindario de abejas puede acarrear algún daño.

Terminaremos pues, este informe, ya demasiado difuso, manifestando que los que se quejen del daño causado por las abejas no deben ser desatendidos, (pag. 466) para favorecer a quien no le importa el perjuicio del prójimo. Para esto está la autoridad municipal.

Ténganse colmenas, en hora buena, pero en tal punto, a tal radio que no traigan perjuicio a los otros ramos de industria rural.

Algo mas: el que las tenga no debe contar a título de la facilidad conque ese insecto vuela a distancias considerables en busca de su sustento, hayan de ser mantenidas a costa de los vecinos. Que estén fuera y en parajes donde el cultivador o criador ponga la suficiente cantidad de plantaciones que suministren el medio de labor y de sustento a sus abejas. Estas no se acercan a ciertas familias, v. gr. ranunculáseas o amarilideas. Cuidará pues de poner plantaciones de las infinitas especies de las labiadas como el romero, orégano, tomillo, etc., que apetecen con predilección, y que tienen la ventaja de florecer a fines de verano: que es cuando mas se necesita distraerlas de que caigan sobre ciertas frutas. ¿Qué mas que el cardo que tan espontáneo en nuestro país, y que buscan con ahinco?. Entre tanto, véase si saliendo los criadores fuera de quintas, encontrarán en campo abierto elementos para su industria de apicultura, ya que no hagan lo que deben: adecuadas y abundantes plantaciones.

Este es nuestro modo de ver el asunto, y creemos por consiguiente que las quejas de los perjudicados deben ser fundamento justo para que las Municipalidades establezcan las ordenanzas convenientes.

Saludamos al señor Presidente con toda consideración.

Miguel Esteves Saguí; Angel Peluffo; Luis Olivera.

Buenos Aires, Octubre 11 de 1876.

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