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La evolución del pensamiento científico en la Argentina[]

  • PARTE TERCERA: LA ORGANIZACIÓN NACIONAL
  • CAPÍTULO I: LA ENSEÑANZA Y LAS INSTITUCIONES CIENTÍFICAS DE CARÁCTER GENERAL

47. LA ENSEÑANZA SECUNDARIA

Después de Caseros, pero sobre todo después de Pavón, se inicia en la Argentina una nueva etapa en su evolución científica, etapa en la que la figura de SARMIENTO es símbolo y es realidad, y etapa en la que la enseñanza, y en parte también la ciencia, adquiere los caracteres de la organización actual.

Síntoma de la preocupación por la instrucción pública que animaba a los hombres que asumieron la dirección del país, es la creación, a menos de un mes y medio de Caseros, del Ministerio de Instrucción pública de la provincia de Buenos Aires, que se confía a VICENTE FIDEL LÓPEZ, pero cuyas iniciativas desgraciadamente se malograron, pues la revolución del 11 de setiembre trae como consecuencia la desaparición del ministerio.

No obstante el estado de tensión, y a veces de lucha armada, entre los dos estados en que se dividió la Argentina después de esa revolución, prosiguen los esfuerzos para mejorar el estado de la instrucción pública.

En el lapso que va de Caseros a Pavón el Colegio del Uruguay adquirió un merecido prestigio, en gran parte debido a la acción de su director LARROQUE, y una elevada jerarquía intelectual como lo comprueba el hecho que en 1858 se dictan en ese Colegio cursos elementales, cursos secundarios en dos carreras: literaria y de ciencias exactas, cursos de enseñanza comercial, curso de enseñanza militar, y cursos de jurisprudencia.

Los cursos de jurisprudencia fueron posteriormente (1881) suprimidos, pero desde 1872 funcionó en el Colegio del Uruguay una Escuela de Derecho de la que egresaron numerosos abogados. El Colegio había sido fundado como un internado, pero cuando en 1877 la difícil situación del país obligó a serias economías y se dispuso la supresión de los internados en los colegios nacionales, el prestigio del Histórico Colegio dio nacimiento a una entidad popular:

La Fraternidad, que aún subsiste, y que desde esa fecha sustituye al internado suprimido.

También aparecen intentos de desarrollar la enseñanza secundaria en otras provincias. El Colegio de Mendoza, que las contingencias políticas habían clausurado, se reabrió, aunque el terremoto de 1861 volvió a suspender su funcionamiento. En Catamarca se funda en 1850 el Colegio secundario de la Merced, mientras que en Corrientes se realizan desde 1853 una serie de intentos en este sentido, y en Tucumán se llama en 1858 a dirigir el Colegio de San Miguel a AMADEO JACQUES, uno de los educadores de más prestigio con que contó la Argentina de esta época, y que MIGUEL CANÉ inmortalizó en las páginas de Juvenilia cuando JACQUES actuó en Buenos Aires como director de los estudios y luego del Colegio Nacional de esta ciudad.

Finalmente, en 1862 se fundan en Salta y en San Juan, por iniciativa de sus respectivos gobernadores, URIBURU y SARMIENTO, colegios secundarios, y en Santa Fe los jesuítas instalan el Colegio de la Inmaculada Concepción.

Y a principios de 1863 MITRE da un decreto mediante el cual: "Sobre la base del Colegio Seminario y de Ciencias Morales y con el nombre de Colegio Nacional se establecerá una casa de educación científica preparatoria, en que se cursarán las letras y humanidades, las cencias morales y las ciencias físicas y exactas... ", creando así en Buenos Aires el "colegio nacional" que sirvió de modelo a los actuales.

El año siguiente se cumple un proyecto de la Confederación de 1856, que la falta de fondos había impedido entonces realizar, nacionalizando los colegios de Mendoza, Salta, Tucumán y Catamarca, a los que se agregó el de San Juan. Si a estos colegios se agregan los de Uruguay y el de Córdoba, nacionalizado en 1856, y reestructurado en 1862, se tiene el plantel de los ocho primeros establecimientos argentinos de educación de la adolescencia. Aunque de finalidades formativas distintas, nuestra enseñanza secundaria incluye las escuelas normales, comerciales, industriales y otras especiales. Como datos ilustrativos recordemos que la formación profesional de maestros se inicia durante la presidencia de SARMIENTO: Escuelas de preceptores del Uruguay y de Corrientes en 1869, y Escuela Normal de Paraná en 1870; que en 1891, bajo la presidencia de PELLEGRINI, se funda en Buenos Aires la primera escuela de comercio (un intento iniciado en Rosario en 1876 tuvo vida efímera); y que los estudios industriales se iniciaron en el país en 1898 cuando se anexa a la Escuela de Comercio de la Capital un departamento industrial dirigido por el ingeniero OTTO KRAUSE, departamento que más tarde se separó dando nacimiento a la Escuela Industrial de la Nación que lleva hoy el nombre de su primer director.

Respecto de los institutos especiales sólo recordemos el origen del primer instituto destinado a la formación profesional del personal docente de nuestra enseñanza secundaria. Los primeros intentos en tal sentido son de 1903 cuando, para subsanar la carencia de profesores especializados, se impusieron las siguientes condiciones para ingresar a la carrera docente: poseer el diploma universitario correspondiente; seguir un curso teórico y experimental de ciencias de la educación en la Facultad de Filosofía y Letras, y un curso práctico de pedagogía de dos años de duración, cuya parte general se impartiría en la Escuela Normal y cuya parte especial lo sería en un Seminario Pedagógico a "fundarse en Buenos Aires, según modelo prusiano". Vale decir que el futuro profesor, además de sus estudios profesionales no docentes, debía realizar y cursar estudios en tres establecimientos distintos.

Pero al año siguiente, cuando ya se habían contratado en Alemania los primeros seis profesores y fundado el Colegio Nacional que debía servir de escuela de aplicación, el nuevo ministro de Educación Pública JOAQUÍN V. GONZÁLEZ modifica la disposición anterior, y en lugar del Seminario Pedagógico crea una sola institución más amplia que resumía las tareas pedagógicas que aquella disposición confiaba a tres establecimientos distintos y a la que más tarde se le incorporó también la formación científica correspondiente a cada especialidad. Nace así el Instituto Nacional del Profesorado Secundario de Buenos Aires, primero de este género que tuvo el país. Para ese Instituto se contrataron en el extranjero, desde 1904 a 1913, unos veinte profesores, casi todos alemanes, que en su mayor parte regresaron a su pais al finalizar el contrato, ingresando algunos pocos en la docencia universitaria argentina.

Entre los profesores contratados figuró el filósofo FÉLIX KRUEGER, que dictó cursos en 1906 y 1907, y entre los profesores que actuaron en la vida universitaria y científica argentina recordamos al filósofo CARLOS JESINGHAUS, al botánico HANS SECKT, al geógrafo FRANZ KÜHN, al geólogo WALTER SCHILLER...

48. LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES Y JUAN MARÍA GUTIÉRREZ

El nuevo espíritu que animaba a los hombres que regían el destino cultural del país después de Caseros, se hizo sentir inmediatamente en la Universidad de Buenos Aires. No había aún pasado un mes de la caída de ROSAS, cuando el gobierno de la provincia dicta un decreto que califica de acción reparadora", destinado a "hacer desaparecer ciertas injusticias y monstruosidades del régimen anterior", agregando "que era un deber imperioso del Gobierno provisorio el hacer cesar el doloroso escándalo y la vergüenza de que una ciudad como Buenos Aires carezca, hace 14 años, hasta de escuelas públicas". Con ese decreto, cuya parte dispositiva deroga "el inícuo decreto" de 1838 por el cual se suspendía el sueldo a los profesores de la Universidad, se inicia la reorganización de la misma. Vuelven a funcionar los cursos de jurisprudencia, de medicina (que a fines de 1852 se organizan en Facultad separada de la Universidad), y los del departamento preparatorio. En 1854 se incorporan a este último los estudios de física experimental (uno de sus profesores fue JACQUES) y los de química, para lo cual hubo que exhumar los antiguos aparatos y adquirir otros nuevos. El profesor de química, con el cual se inicia entre nosotros la enseñanza de la química moderna, fue MIGUEL PUIGGARI.

No resurge en cambio el Departamento de ciencias exactas. En 1855 el miembro del Consejo de Instrucción Pública, ingeniero CARLOS ENRIQUE PELLEGRINI, que había llegado al país en 1828 contratado para la instalación de desagües, provisión de aguas y construcción del puerto de Buenos Aires, pero conocido también por su labor artística, propuso la creación de una escuela de ingeniería en la Universidad, mas esta propuesta, si bien discutida, no prosperó; y hay que esperar diez años para ver realizado un proyecto semejante. Será la obra de uno de los grandes promotores de la cultura argentina: JUAN MARÍA GUTIÉRREZ, rector de la Universidad de Buenos Aires desde 1861 hasta 1874.

GUTIÉRREZ es un representante genuino del liberalismo, constructor de la época. Se inicia desde muy joven en las letras: crítica literaria, poesía, historia, mas no desdeña a la ciencia y en especial a la matemática. No ejerce su profesión de abogado, pero para ganarse el sustento utiliza su versación matemática para desempeñarse en el Departamento topográfico como agrimensor e ingeniero. Funda con ECHEVERRÍA y ALBERDI la Asociación de Mayo, conoce los rigores de la tiranía, emigra, viaja por América y por Europa. Aunque más intelectual que político, los acontecimientos posteriores a la caída de ROSAS lo llevan a la política: actúa en el Congreso Constituyente de 1853, defiende el Acuerdo de San Nicolás, es ministro de relaciones exteriores de la Confederación, hasta que MITRE lo lleva a dirigir la Universidad desde donde, hombre de pluma incansable, continúa su labor literaria y cultural. Su compilación Noticias históricas sobre el origen y desarrollo de la Enseñanza Superior en Buenos Aires, de 1868, es hoy clásica.

Una vieja lesión cardíaca hace crisis durante los festejos que en 1878 se realizaban en Buenos Aires con motivo del centenario del nacimiento de SAN MARTÍN. Algunos párrafos del hermoso estudio biográfico que ALBERDI, gran amigo de GUTIÉRREZ, escribe con motivo de esa muerte, dirán más que toda una biografía: "La afinidad entre SAN MARTÍN y GUTIÉRREZ viene de que los dos eran símbolos de la misma cosa: la independencia... pero el uno la representaba como guerrero, el otro como hombre de Estado"'. "Si no hizo libros, al menos hizo autores. Estimuló, inspiró, puso en camino a los talentos, con la generosidad del talento real que no conoce la envidia. Bueno o malo, yo soy una de sus obras". "El que escribe estas líneas, debió a sus conversaciones continuas la inoculación gradual del americanismo que ha distinguido sus escritos y la conducta de su vida. GUTIÉRREZ le comunicó su amor a la Europa y a los encantos de la civilización europea. El fue, en más de un sentido, el autor indirecto de las Bases de la organización americana".

De la gestión universitaria de GUTIÉRREZ sobresale la creación del Departamento de ciencias exactas. En 1863 dirige una nota al gobierno de la provincia en la que, fiel a su vocación, hace una reseña histórica de los estudios matemáticos en la Universidad desde la creación de ésta, y al expresar que "No hay quien no reconozca su importancia, y no confiese que el progreso material del mundo moderno, y señaladamente en el siglo último y en el presente, es debido en su mayor parte a las verdades físico-matemáticas diseminadas con generalidad y puestas al servicio de las necesidades públicas e individuales", transcribe párrafos del anuncio oficial de 1812 y de artículos aparecidos en La Abeja Argentina, y dice al referirse al año 30 que "el despotismo oscuro que empezó a imperar desde entonces, a pesar de ser bárbaro y estúpido, tenía el instinto de su conservación y preveía en que una numerosa juventud argentina llena de verdades positivas, saliese a explicarlas, renacerían inmediatamente la propensión a la industria y el amor al trabajo, que los caminos mejorados acortarían las distancias y harían imposible el aislamiento de las ciudades y de las poblaciones, que la riqueza crecería y con ella el progreso general que haría difícil el imperio a una voluntad que no tomaba en cuenta más intereses que los suyos propios". Y al agregar que "Hoy... estamos favorecidos por la paz, y las ideas que asisten a los consejos del Gobierno son diametralmente opuestas a aquéllas", termina solicitando la creación del Departamento de ciencias exactas, cuyos profesores, "es mi persuasión que deben hacerse venir expresamente de Europa."

Aceptada la propuesta, se iniciaron las gestiones para contratar a los profesores por intermedio del conocido médico y escritor italiano PABLO MANTEGAZZA, que había estado en la Argentina varias veces, y se crea en 1865 el "Departamento de Ciencias Exactas, comprendiendo la enseñanza de las matemáticas puras, aplicadas y de la historia natural", con la finalidad de "formar en su seno ingenieros y profesores, fomentando la inclinación a estas carreras de tanto porvenir e importancia para el país".

Los profesores contratados fueron: para matemática pura, "con el título de profesor astrónomo", BERNARDINO SPELUZZI, que había sido profesor de matemática en la Universidad de Pavía; para matemáticas aplicadas, EMILIO ROSSETTI, egresado de la Universidad de Turín, y para historia natural, PELEGRINO STROBEL, que había sido profesor de ciencias naturales en la Universidad de Parma.

SPELUZZI y ROSSETTI ejercieron la cátedra hasta su jubilación en 1885; no así STROBEL, que regresó a su patria a comienzos de 1867 y fue sustituido por JUAN RAMORINO. La labor de estos profesores, que en especial durante los primeros años soportaron la carga de la enseñanza de toda la casa con la variedad y cantidad de sus cursos, fue más formativa que creadora. SPELUZZI redactó un texto de mecánnica racional que según GUTIÉRREZ estaba inspirado "en su ciencia propia y en los métodos y principios de los más afamados maestros de Alemania e Inglaterra", pero no llegó a publicarse, no obstante la cláusula del contrato que exigía la publicación por cuenta del Estado de las lecciones que los profesores dictaran.

A pesar de que STROBEL no estuvo sino dos años en el país, dejó algunos trabajos, realizó una excursión a las cordilleras mendocinas, y puede considerársele como uno de los primeros herborizadores del país. Además dejó su nombre vinculado con el progreso de las ciencias naturales en la Argentina, pues antes de regresar a su patria instituyó un premio, que hoy lleva su nombre, para otorgar a los estudiantes de ciencias naturales que más se distinguieran en ellas. Los primeros naturalistas argentinos que se hicieron acreedores a ese premio fueron HOLMBERG y HICKEN.

El Departamento de Ciencias Exactas inició sus tareas en 1866 y aunque estaba habilitado para expedir diplomas de ingeniero, de profesor de matemáticas y de ingeniero profesor, de hecho sólo expidió el de ingeniero. Y en 1869 egresaron los primeros doce ingenieros argentinos, a quienes cariñosamente se los denominó luego "los doce apóstoles", todos de actuación destacada en la vida profesional y científica argentina. Varios de ellos perfeccionaron sus estudios en Europa, todos sobresalieron en el aspecto técnico, algunos también en la enseñanza. Recordemos a LUIS A. HUERGO, el decano de los ingenieros argentinos, a SANTIAGO BRIAN, a GUILLERMO WHITE, a FRANCISCO LAVALLE y a VALENTÍN BALBÍN. Este último, que estuvo en Europa, fue el sucesor de SPELUZZI y en sus cursos, como a través de escritos y traducciones, trató de introducir conceptos matemáticos modernos y novedades científicas. Se debe además a BALBÍN el mérito, no pequeño para su época, de fundar y dirigir una revista científica: la Revista de matemáticas elmentales, cuyo objeto, "sin propósito de lucro ni pueriles deseos de aparecer", era: propender a la difusión de la matemática en el país, completar los conocimientos matemáticos que se adquieren en los colegios nacionales, y estimular a la juventud en la investigación de las verdades matemáticas, objeto que cumplió acabadamente en los tres años largos que vivió, entre 1889 y 1892. Del significado de este primer intento de periodismo matemático en el país, da cuenta el hecho de que sólo un cuarto de siglo más tarde reaparecerá, con igual suerte, otro intento semejante.

El Departamento de Ciencias Exactas nacido en 1865 bajo el rectorado de GUTIÉRREZ continuó desarrollando su acción docente y científica, mientras sufría modificaciones internas al compás de la evolución de la Universidad de Buenos Aires. En 1874, cuando se reincorpora a la Universidad la Facultad de Medicina y el Departamento de Estudios Preparatorios se convierte en Facultad de Humanidades y de Filosofía, el Departamento de Ciencias Exactas, con un exceso de optimismo nacido sin duda de su brillante evolución, se desdobla en dos facultades científicas: la de matemáticas que presidirá GUTIÉRREZ, y la de ciencias físiconaturales que presidirá PUIGGARI. La orientación científica que los hombres del 60 trataron de imprimir a la Universidad de Buenos Aires, adquiere en estos momentos su máxima expresión al dar forma concreta, efímera quizá por prematura, a un instituto dedicado exclusivamente a estudios científicos desinteresados. Pero la Facultad de Matemáticas, que otorgará diplomas de doctor en ciencias físicomatemáticas, seguirá siendo una escuela de Ingeniería, y la Facultad de Ciencias Físiconaturales, que expedirá diplomas de doctor en estas ciencias, vegetará; ni de una ni de otra egresará doctor alguno. Por eso cuando en 1881 se nacionaliza la Universidad, ambas Facultades vuelven a reunirse en una Facultad de Ciencias Físicomatemáticas, de la que allá por el 86 egresarán los primeros doctores, aunque luego la mayoría de ellos serán ingenieros que reciben el título de doctor aprobando una media docena de materias especiales (que más adelante ni se dictan).

En 1891 la Facultad toma el nombre de Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, y en sus planes de 1896 aparece al lado de los doctorados en ciencias físicomatemáticas y en ciencias naturales, el doctorado en química, cuyo primer egresado en 1901 es el doctor ENRIQUE HERRERO DUCLOUX, prestigioso químico de larga actuación docente y científica.

La cultura argentina no sólo debe al rector GUTIÉRREZ la creación de la primera escuela de ingenieros del país; en 1865 preside una comisión que debía presentar "el proyecto de un plan de instrucción general y universitaria", comisión en la que figuraban JACQUES y LARROQUE, cuyo informe y anexos: proyecto de ley en el cual se fijan y reglamentan la enseñanza preparatoria, profesional y superior; programas de estudios y reglamentos de enseñanza, etcétera, constituyen documentos de verdadero valor, no sólo desde el punto de vista histórico sino también por sus concepciones didácticas y científicas. En ese informe se daba cuenta del lamentado fallecimiento de JACQUES y se agregaba la "luminosa memoria" que el distinguido educador había elevado oportunamente a la comisión.

En 1872, al remitir un proyecto de ley, GUTIÉRREZ expuso sus ideas sobre la organización uiiiversitaria. Propugnaba la enseñanza universitaria gratuita, la implantación de la enseñanza libre que "hará imposible la estagnación de la ciencia", y proclamaba la autonomía universitaria. "La Universidad se gobierna a sí misma y no responde sino ante el país y la opinión pública de sus aciertos y sus errores", y más adelante: "Bajo la dirección inmediata del Estado y del Gobierno se convierten las universidades en máquinas que tienen la pretensión de producir inteligencias y aun caracteres que se amolden a propósitos siempre perniciosos en todo país libre y especialmente en los republicanos". Este intento de imitar un régimen legal permanente y común a las universidades nacionales, que en esa época no eran sino dos, no tuvo éxito pero se logró a raíz de la nacionalización de la Universidad (1831) a través de la llamada "ley Avellaneda" (NICOLÁS AVELLANEDA, a la sazón rector de la Universidad y senador nacional fue el autor del proyecto), cuya brevedad y flexibilidad, así como por sus normas que establecían una total autonomía didáctica y administrativa y una relativa autonomía docente, han permitido y facilitado el natural desenvolvimiento de las universidades argentinas sometidas entonces, o más tarde, a su imperio o a disposiciones análogas. Pudo haber fijado la ley una relativa autonomía económica y una mayor autonomía docente, de cuya carencia se resintieron siempre las universidades argentinas, pero su vigencia durante 60 años largos, en los que hubo períodos de intensa agitación universitaria y épocas de crisis, habla a las claras de la certera visión de sus autores.

Agreguemos todavía que, además de otras iniciativas, GUTIÉRREZ proyectó escuelas de agricultura, de comercio y de náutica, así como se esforzó en crear una Facultad de Química y Farmacia. En este último proyecto fue estimulado por la Asociación Farmacéutica de Buenos Aires, creada en 1856 y que desde entonces publica la Revista Farmacéutica, periódico decano de la prensa científica argentina; Asociación y Revista que contribuyeron eficazmente al progreso no sólo de la farmacia, sino de la química y de la botánica. Uno de los objetivos que se propuso la Asociación desde sus comienzos fue dotar a la provincia, luego a la nación, de una farmacopea propia; propósito que databa de la época de RIVADAVIA, pero que no se concretó hasta fines de 1893 al aprobarse la ley que fija el "Codex Medicamentarius" argentino, que reemplazó a los extranjeros hasta entonces en uso: el español hasta 1852 y el francés posteriormente. Terminemos recordando que la Universidad de Buenos Aires inicia sus publicaciones en 1877, editando los Anales de la Universidad de Buenos Aires que, con alguna interrupción, vivieron hasta 1902, y en los que se publicaron preferentemente documentos oficiales, mientras que la Revista de la Universidad de Buenos Aires, que aparece en 1904, publicó trabajos correspondientes a las distintas disciplinas que se impartían en la Universidad y a cuestiones universitarias, así como documentos oficiales.

49. LA UNIVERSIDAD DE CÓRDOBA Y LA ACADEMIA DE CIENCIAS

En 1854 la Confederación propone a la provincia de Córdoba la nacionalización de la Universidad y del Colegio de Monserrat, propuesta que es aceptada pues, como dice la Sala de Representantes de la Provincia, "esos establecimientos y especialmente la Universidad han estado sujetos al gobierno general desde el tiempo del gobierno español, y mucho más desde que nuestra constitución declara tal todos los establecimientos de esta clase", y que una ley del Congreso de 1856 ratifica.

Pero la nacionalización no modifica el carácter tradicional de la universidad cordobesa que se caracterizaba por la escasa cabida que en sus planes tenía la ciencia exacta y natural, hasta que en la presidencia de SARMIENTO esa ciencia irrumpe violentamente, por así decirlo, en los claustros cordobeses. Ya en 1869 el ministro AVELLANEDA, en un discurso pronunciado en Córdoba expuso la "conveniencia de un plan general de estudios que diera por resultado la uniformidad de la enseñanza en todos los colegios de la República, y proveyese a la implantación de cátedras de ciencias exactas y naturales para abrir así nuevas carreras a la juventud", y ese mismo año, dando forma concreta a ese pensamiento, se aprueba una ley por la cual: "Autorízase al Poder Ejecutivo para contratar dentro o fuera del país, hasta veinte profesores que sean destinados a la enseñanza de ciencias especiales en la Universidad de Córdoba y en los Colegios nacionales".

Esta es la ley que dio nacimiento a la Academia de Ciencias de Córdoba que, a su vez, tras algunas vicisitudes, dejó como saldo en la universidad cordobesa una Facultad de ciencias que, al igual que su análoga de Buenos Aires, no fue sino una casa de formación de ingenieros pero en la que se enseñó y cultivó la ciencia exacta y natural.

En efecto, en cumplimiento de la ley anterior, SARMIENTO encomendó a BURMEISTER, entonces director del Museo de Buenos Aires, las gestiones para incorporar al país un primer núcleo de profesores que debía componerse de dos profesores de matemática y uno de cada una de las especialidades: física, química, botánica, zoología, mineralogía y geología. Entre 1870 y 1873 fueron llegando los primeros profesores contratados (de matemática se contrató a uno solo), y se fundó a mediados de este último año la Academia de Ciencias de Córdoba, bajo la dirección de BURMEISTER, institución científica y docente, pues sus miembros estaban obligados a dictar clase en la Universidad.

El reglamento de la Academia, proyectado por BURMEISTER y aprobado a principios de 1874, establecía que la Academia se proponía: Instruír a la juventud en las ciencias exactas y naturales, por medio de lecciones y experimentos; formar profesores que puedan enseñar esas mismas ciencias en los colegios de la República; explorar y hacer conocer las riquezas naturales del país, fomentando sus gabinetes, laboratorios y museos de ciencia, y dando a luz obras científicas, por medio de publicaciones que se titularán Actas y Boletín de la Academia Argentina de Ciencias Exactas y que contendrán las obras, memorias, informes, etcétera que produzcan sus profesores.

Pero este reglamento, que confería al director facultades excesivamente autoritarias, las dificultades de los profesores para adaptarse en un país nuevo a la doble función científica y docente, el hecho de que BURMEISTER residiera la mayor parte del tiempo en Buenos Aires, y la situación realmente anómala de los profesores de la Academia dentro de la Universidad (su rector decía irónicamente que la Academia "era una ínsula flotante en medio de la Universidad"), todo esto hizo crisis, y en 1875, después de la renuncia del director y del retiro de gran parte de los miembros de la Academia, ésta se incorporaba a la "Universidad como una Facultad, y los profesores de ella formando parte del claustro universitario con todos los honores, derechos y deberes correspondientes." Pero al aprobarse los reglamentos definitivos, ajustados a la nueva situación, se resuelve, por decreto de 1878, separar totalmente la Academia como cuerpo científico de la Universidad, dejando en cambio en ésta su cuerpo docente bajo forma de una Facultad de Ciencias Físicomatemáticas.

De acuerdo con el nuevo reglamento, la Academia Nacional de Ciencias es una corporación científica sostenida por el gobierno de la Nación y cuyos objetos son: servir de consejo consultivo al gobierno en los asuntos referentes a las ciencias que cultiva el Instituto; explorar y estudiar el país en todas las ramificaciones de la naturaleza; hacer conocer los resultados de sus exploraciones y estudios por medio de publicaciones.

Con esto el centro de gravedad de los estudios científicos de la Academia se desplazaba de las ciencias exactas a las ciencias naturales, y en verdad fue en éstas donde se concentró la labor más importante de aquélla pues ya sus profesores de matemática, física y química llegados con el núcleo fundador, estuvieron muy poco tiempo en el país, no dejando huella evidente de su paso.

Las publicaciones de la Academia fueron iniciadas inmediatamente por su primer director BURMEISTER, apareciendo en 1874 el primer tomo del Boletín de la Academia y en 1875 el de sus Actas, sucediéndose luego regularmente hasta 1890 (las Actas sólo hasta 1889), época en que se produce un período de decadencia en su aparición, de tal modo que en el lapso 1890-1914 sólo se publica en término medio un Boletín cada tres años.

De la labor científica desarrollada por los primeros miembros de la Academia, ya fundadores, ya sus sucesores inmediatos, recordemos que el primer "académico" que llegó al país fue el botánico PAUL G. LORENTZ de la universidad de Munich, ya conocido por sus trabajos científicos. Vino a la Argentina en 1870 y mientras esperaba la instalación de la Academia, realizó durante los años 1871 y 1872 viajes de reconocimiento botánico por las provincias de Córdoba, Santiago del Estero, Tucumán y por el Chaco, dando cuenta más adelante de sus resultados en el Boletín. Como miembro de la Comisión científica adjunta a la expedición del general ROCA a Río Negro colaboró en los Recuerdos de la expedición al Río Negro, 1879. Pasó luego a dictar botánica en el Colegio del Uruguay y en esa ciudad murió. Las plantas que recogiera LORENTZ en Argentina central constituyen la base de los conocimientos sistemáticos de la flora de este país. La cátedra universitaria de botánica que LORENTZ debió dictar en Córdoba la desempeñó su ayudante JORGE HIERONYMUS, que realizó en la Argentina una fecunda labor, en especial fitogeográfica, entre 1874 y 1883. Sus trabajos ocupan dos tomos de las Actas y gran parte de los estudios botánicos de los primeros cuatro volúmenes del Boletín. El sucesor de HIERONYMUS fue otro distinguido botánico: FEDERICO KURTZ, que en 1885, dos años después de su llegada al país, formó parte de una importante expedición científica al Chaco, cuyo jefe fue HOLMBERG y en la que figuraban los dos AMEGHINO, FLORENTINO Y CARLOS.

El zoólogo holandés H. WEYENBERCH fue otro de los miembros fundadores de la Academia. Estuvo pocos años en la Argentina; dio varios trabajos a las publicaciones de la Academia y en 1878 fundó El Periódico Zoológico Argentino. También se ocupó de zoología (moluscos) ADOLFO DOERING, naturalista que además trató de fitoquímica, de geología, de mineralogía, y participó en la expedición al Río Negro.

Pero han sido sin duda las ciencias geológicas, las que recibieron el mayor impulso de los hombres de la Academia de Córdoba. Entre sus miembros fundadores uno de los primeros en llegar fue el profesor de mineralogía y de geología ALFREDO STELZNER de la Academia de minas de Freiberg, ciudad en la que en 1765 se había fundado la primera Escuela de minas. No obstante su breve estada en la Argentina (1871-1874), STELZNER realizó dos largos viajes por el noroeste y oeste de su territorio que le permitieron reconocer las grandes unidades geológicas de los terrenos observados. Sus Comunicaciones sobre la geología y la minería de la República Argentina abren el primer tomo de las Actas de la Academia. Regresado a su patria se propuso la publicación de una obra, lo más completa posible, sobre la base de las observaciones realizadas y de los materiales recogidos en nuestro país. Esta obra Beitrage zur Geologie und Paleontologie der Argentinischen Republik, que apareció entre 1876 y 1885, comprendió dos partes: una primera redactada por STELZNER, que se había reservado el estudio de la geología, mineralogía, minería y petrografía; y una segunda a cargo de varios colaboradores a quienes STELZNER había confiado el material paleontológico. STELZNER, que ante todo fue mineralogista, dejó instalado el museo mineralógico de la Universidad y con su trabajo: Mineralogische Beobachtungen im Gebiete der Argentinischen Republik (aparecido en las Mitteilungen de Tschermak en 1873), se inaugura la contribución científica en este campo.

El sucesor de STELZNER fue LUIS BRACKEBUSCH, que estuvo en la Argentina más de diez años desde 1874, y recorrió las provincias de Córdoba, Catamarca, Salta y Jujuy, realizando estudios geológicos y mineralógicos. Es el autor de los primeros trabajos sobre geología argentina que aparecen en las publicaciones de la Academia, y del primer catálogo científico, publicado en 1879, de los minerales de este país. Después de regresar a su patria, en 1891, publicó el mapa geológico de la Argentina al millonésimo, valioso complemento de la obra de STELZNER.

Obra de mayor extensión e importancia es la que realizó GUILLERMO BODENBENDER, que llegó a la Argentina en 1885 y permaneció en ella más de treinta años cumpliendo labor docente en la Universidad de Córdoba y numerosas investigaciones geológicas y mineralógicas, con preferencia en la cordillera y en las provincias centrales. Puede decirse que exploró la cordillera desde, el límite boliviano hasta la Patagonia, aunque más especialmente las sierras de Córdoba y de La Rioja.

Citemos por último a OSCAR DOERING, profesor en Córdoba de matemática y de física desde 1875, y a quien se deben numerosas observaciones meteorológicas, hipsométricas y magnéticas. Fue el que realizó en nuestro país el mayor número de observaciones magnéticas, proponiendo en 1882 la creación de un Observatorio Magnético Nacional, de acuerdo con las sugestiones del Congreso Internacional de Meteorología de Roma de 1879.

50. OTRAS INSTITUCIONES UNIVERSITARIAS

En este período nace la tercera universidad argentina, también las instituciones que en el siglo actual darán lugar a las restantes universidades nacionales con que hoy cuenta el país.

La federalización de Buenos Aires trajo, entre otras consecuencias, el advenimiento de una universidad en La Plata, flamante capital de la provincia de Buenos Aires, fundada en 1882 y a la que el gobierno se trasladó dos años después. En efecto, al ceder Buenos Aires a la nación (muchos provincianos hablaban de despojo), la provincia había quedado culturalmente rezagada pues con la ciudad se habían cedido también sus institutos de cultura, entre ellos la Universidad. De ahí que surgiera el propósito de crear un establecimiento universitario provincial en La Plata, propósito que se concreta en una ley de 1889. Pero los tiempos no son propicios y la Universidad no se establece hasta 1897, cuando se le fija su destino americano estampando la Cruz del Sur en su sello mayor y se inicia precariamente la organización de sus facultades.

La ley creaba cuatro facultades: las tres "clásicas": derecho, medicina e ingeniería, y una cuarta, nueva, de química y farmacia que GUTIÉRREZ no había logrado crear en Buenos Aires. La organización de 1897 dio vida a tres de esas facultades (la de medicina sólo funcionó más tarde y exclusivamente con los cursos de la Escuela de Obstetricia), que se desenvolvieron tan lentamente debido a la falta de elementos, y de recursos, que en 1903 la vida toda de la Universidad estaba en peligro, y en algunos documentos oficiales se llegó a hablar de la "extinguida universidad provincial".

Su organización definitiva no se logra hasta 1905 cuando la universidad provincial se nacionaliza por obra del ministro JOAQUÍN V. GONZÁLEZ, que fue también su primer presidente. A tal organización contribuyó la serie de cesiones que, desde 1902, el gobierno provincial hizo a la nación de institutos especiales que no dependían de la Universidad, pero que, como ésta, se desenvolvían precariamente.

Esas cesiones fueron: El Observatorio astronómico, instituído en 1882; el Museo de ciencias naturales, creado en 1884; la Biblioteca pública que funcionaba en La Plata desde 1884; la Escuela práctica de agricultura y ganadería de Santa Catalina, establecida en 1872 y reorganizada veinte años después con el propósito de proporcionar una enseñanza eminentemente práctica de las industrias rurales; y la Facultad de agronomía y veterinaria (la primera en su género en el país) creada por ley de 1889 sobre la base de un Instituto agronómico que había funcionado en Santa Catalina sin depender de la universidad provincial.

Si a estos institutos se agrega la Universidad, varios edificios y terrenos, uno de los cuales destinado a un Colegio nacional "modelo", se tiene el plantel material que constituyó la nueva Universidad nacional de La Plata, creada por una Ley-convenio de 1905 y organizada el año siguiente.

En la nota que el ministro GONZÁLEZ envió al gobernador de la provincia, con la que iniciaba oficialmente las gestiones de la nacionalización de la Universidad, se refería entre otras cosas a esta institución como "a una nueva corriente universitaria, que sin tocar el cauce de las antiguas y sin comprometer en lo más mínimo el porvenir de las dos Universidades históricas de la Nación, consultase junto con el porvenir del país, las nuevas tendencias de la enseñanza superior, las nuevas necesidades de la cultura argentina y los ejemplos de los mejores institutos similares de Europa y América". Esa "nueva corriente" se caracterizaría por una ampliación en la organización universitaria abarcando todos los grados de la enseñanza; por una íntima correlación y concurrencia de todas las dependencias de la Universidad que respondiera al concepto de "Universitas"; y por una orientación práctica y experimental concordante con las exigencias de la época.

Fue sin duda esta concepción la que indujo a que en la nueva Universidad los estudios científicos (con excepción de los de derecho y de agronomía), se concentraran en los dos grandes institutos científicos preexistentes: el Observatorio y el Museo, aunque reformas posteriores modificaron esa organización inicial.

En La Plata aparecen por primera vez los diplomas de doctor en astronomía, doctor en física y doctor en matemáticas; y es en esa universidad donde comienzan los estudios astronómicos y físicos en el país. Son sobre todo estos últimos los que inmediatamente adquieren jerarquía científica, pues la Universidad contó desde 1906 con un Instituto de Física bien provisto e instalado científicamente, destinado a "fomentar el estudio de las ciencias físicas y crear un personal competente para que pueda utilizar todas las materias primas y todas las energías naturales del país", y que desde 1909 estuvo bajo la excelente dirección de un físico eminente: EMIL HERMANN BOSE, que había sido asistente de NERNST y de VOIGT, redactor del Physikalische Zeitschrift y autor de numerosos trabajos físicos. Cuando se le contrató para ejercer la dirección del Instituto de la Plata, era profesor y director de laboratorio en la Escuela técnica superior de Danzig.

Su acción al frente del Instituto fue eficaz, aunque breve, pues falleció en 1911, sucediéndole otro físico alemán: RICHARD GANZ, que continuó la obra iniciada por BOSE e impulsó la investigación científica a una altura que valió al Instituto un justo renombre internacional.

En cuanto a las restantes instituciones de carácter universitario que en este período funcionan en el país, recordemos que desde 1889 existía en Santa Fe una Universidad provincial cuyo origen puede verse en la creación de "aulas para enseñanza de facultades mayores" en el Colegio de la Inmaculada Concepción, dispuesta por ley provincial de 1868. AVELLANEDA, en 1875, reconoció validez nacional a los estudios de jurisprudencia realizados en el Colegio, pero a raíz de una clausura temporaria del mismo en 1884, esos estudios languidecen y no renacerán hasta 1889 en la Universidad provincial. Aunque la ley disponía que "la Universidad tendrá por objeto el estudio del derecho y demás ciencias sociales, el de ciencias físicomatemáticas, el de teología en la forma que establezca el Poder Ejecutivo de acuerdo con la autoridad eclesiástica, y de las otras facultades que en adelante se determinen por esta ley", en verdad sólo funcionó la Facultad de derecho hasta 1911, año en que se agregan a la Universidad las escuelas de farmacia y de obstetricia, que más adelante se reúnen en una sola. Y éstas son las dos facultades que existen en Santa Fe cuando en 1919 se crea la Universidad Nacional del Litoral.

Por su parte en Tucumán había nacido en 1875 una Facultad de jurisprudencia y ciencias políticas, que muere después de un decenio de precario funcionamiento, mientras que en 1912 se sanciona una ley provincial por la que se crea, de acuerdo con aspiraciones regionales, la Universidad cuya nacionalización se inicia en 1921.

Por último, en la región minera de la zona cuyana se habían creado en 1869, por iniciativa de SARMIENTO, catedras de mineralogía en los colegios nacionales de Catamarca y de San Juan, que más tarde se convierten en departamentos de minería y se reúnen en 1876 en la Escuela de ingenieros de San Juan, que funcionó más o menos precariamente hasta su incorporacion a la reciente Universidad Nacional de Cuyo (1939).

51. LA SOCIEDAD CIENTÍFICA ARGENTINA

La Sociedad Científica Argentina nace en el ambiente del Departamento de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires, en el período central de la presidencia de SARMIENTO, y pocos años después de haber egresado los primeros ingenieros argentinos.

Fruto de las inquietudes de ese ambiente, a mediados de 1872 circula entre los diplomados y estudiantes de la casa una invitación que informaba: "Habiéndose reunido los estudiantes de Ciencias Exactas con el objeto de fundar una Asociación Científica, comisionaron a los infrascritos para redactar las bases de la Asociación e invitar a una reunión a fin de discutirlas.

Los fines de la Asociación se reducen a llenar la falta de una corporación científica que fomente especialmente el estudio de las ciencias matemáticas, físicas y naturales, con sus aplicaciones a las artes, a la industrias y a las necesidades de la vida social. Para la realización de estos fines se cuenta con el concurso de los señores ingenieros nacionales y extranjeros, estudiantes del ramo, en la esfera de sus conocimientos, y demás personas científicas".

Firmaban la invitación el profesor ROSSETTI, presidente provisional, y un grupo de delegados estudiantiles entre los que figuraba el futuro gran jurisconsulto argentino ESTANISLAO S. ZEBALLOS, entonces estudiante de ingeniería y de derecho, que no sólo fue uno de los promotores de la creación de la institución, sino uno de sus miembros iniciales más activo, y autor de muchas de las iniciativas de la Sociedad en sus primeros años de vida.

Fue ZEBALLOS quien proyectó los estatutos de la flamante institución que se llamaría Academia Científica de Buenos Aires, nombre que en las discusiones del proyecto fue transformándose en Academia Científica Argentina, luego en Estímulo Científico para adaptarse finalmente el nombre actual con las finalidades siguientes, aprobadas en julio de 1872: "Fomentar especialmente el estudio de las ciencias matemáticas, físicas y naturales, con sus aplicaciones a las artes, a la industria y a las necesidades de la vida social.

Estudiar las publicaciones, inventos o mejoras científicas, especialmente las que tengan una aplicación práctica a la República Argentina. Reunir para este objeto a los ingenieros argentinos y extranjeros, a los estudiantes de Ciencias Exactas y a las demás personas cuya ilustración científica responda a los fines de esta corporación". El primer presidente fue al ingeniero LUIS A. HUERGO.

Esas finalidades traducen una evidente tendencia unilateral hacia las ciencias exactas, la ingeniería y la técnica, fruto de las exigencias de la época y del origen de la Sociedad, y si bien más tarde esos objetivos fueron modificados en el sentido de darles mayor amplitud, la institución conservó siempre la tendencia originaria.

En sus comienzos la Sociedad constituyó la única tribuna científica con que contaba el país, y el único centro de consulta de los gobiernos de la Nación y de la Provincia. Sus primeras actividades fueron variadas y fecundas. Además de conferencias, dictámenes, discusiones, etcétera, sobre temas científicos y de actualidad, la Sociedad crea en 1875 su Museo, cuyo primer director fue FRANCISCO P. MORENO. Ese mismo año organiza un concurso de memorias y trabajos para promover el adelanto de las ciencias y su aplicación a la industria nacional, en especial mediante la utilización de materias primas del país; a ese concurso acompaña una exposición industrial que fue una de las primeras muestras de este género realizadas en el país. Este concurso-exposición, que se repitió en 1876, motivó la creación del Club Industrial Argentino, institución que tomó a su cargo la organización de esas muestras a partir de 1876.

También en 1875 la Sociedad, con el apoyo del gobierno de la provincia, contribuyó a la realización de un viaje a la Patagonia que efectuó FRANCISCO P. MORENO, atravesándola de océano a océano, desde Carmen de Patagones hasta Valdivia, costeando el río Negro y el Limay y examinando el lago Nahuel Huapi.

En 1877 la Sociedad, ahora con el apoyo del gobierno nacional, organiza otra expedición a la Patagonia: la de RAMÓN LISTA, cuyo objeto era explorar el territorio comprendido entre los paralelos 43ºS y 49ºS. RAMÓN LISTA fue un explorador y viajero infatigable. Volvió a la Patagonia en 1884, recorriéndole hasta 1886; pasó luego a Tierra del Fuego, siendo designado el año siguiente gobernador de Santa Cruz. También viajó por las regiones del noreste. En 1882 estuvo en Misiones y en 1897, en un viaje de exploración por el Pilcomayo, encontró la muerte.

Otra iniciativa de consecuencias duraderas fue la organización del Congreso Científico Latino-Americano que la Sociedad, conmemorando sus bodas de plata, organizó en Buenos Aires en 1898. Este congreso contó con las secciones: Ciencias exactas e ingeniería; Ciencias físico-químicas y naturales; Ciencias médicas; Antropología y sociología, en las que se trataron 121 comunicaciones que se publicaron en cinco volúmenes. Un resultado importante de este Congreso fue la resolución adoptada por el mismo de constituirse en entidad permanente y organizar periódicamente las reuniones sucesivas en distintas repúblicas americanas. En cumplimiento de esta disposición, los siguientes Congresos se realizaron en Montevideo (1901), Río de Janeiro (1905) y Santiago de Chile (1908). Este Congreso (el IV Científico Latino-Americano) resuelve convertirse en el I Panamericano, realizándose el II Panamericano en Washington (1915) mientras que el siguiente de Lima (1921) retomó la numeración original con el nombre de VI Congreso Científico Americano, y así los sucesivos.

Otra reunión científica organizada por la Sociedad fue el Congreso Científico Internacional Americano de 1910, como adhesión a los actos conmemorativos del centenario de la Revolución de Mayo. Este certamen, probablemente uno de los más importantes de América latina, contó con más de 1.500 adherente, más de 200 asociaciones representadas y más de 500 trabajos presentados en sus once secciones: una de ingeniería y diez de ciencias (físicas y matematicas, químicas, geológicas, geográficas e históricas, antropológicas, biológicas, jurídicas y sociales, militares, navales, psicológicas, agrarias). Desgraciadamente la edición de los trabajos, que llenarían unos veinte volúmenes, no pudo completarse, y sólo pudieron publicarse los dos primeros volúmenes y algunos trabajos sueltos, entre éstos las dos conferencias que pronunciara el eminente matemático italiano VITO VOLTERRA que asistió al congreso, una de las cuales apareció más de diez años después de celebrado éste.

Entre otras iniciativas de la Sociedad Científica Argentina en este período pueden mencionarse el auspicio a una expedición a los esteros del Iberá con los estudios respectivos y la insistencia ante los poderes públicos a fin de que la Argentina adoptara el régimen internacional de los husos horarios (la ley respectiva se promulgó en 1920).

Desde sus comienzos la Sociedad se dio su órgano de publicidad. En 1874 un grupo de personas, entre las que figuraba ZEBALLOS, había fundado un periódico científico con el nombre de Anales Científicos Argentinos, del cual aparecieron cinco números. Desde 1876 ese periódico se convirtió en la publicación oficial de la Sociedad con su nombre actual: Anales de la Sociedad Científica Argentina; y desde entonces aparece por entregas mensuales.

Para terminar, recordemos que también en 1874 la Sociedad organiza su Biblioteca, que hacia 1916 ya contaba con más de veinte mil volúmenes.

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