Apicultura Wiki
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ANTONIO BIERZYCHUDEK


HISTORIA DE LA APICULTURA ARGENTINA

Datos complementarios





























BUENOS AIRES

2011







Junio de 2011









Queda hecho el depósito que establece la Ley 11.723







No se permite la reproducción parcial o total, en cualquier forma o por cualquier medio, sin mencionar su procedencia.





















































En este trabajo nos proponemos confirmar y complementar algunos datos que registramos en la Historia de la Apicultura Argentina, en 1979.





LA ABEJA EUROPEA EN EL SUR DEL BRASIL



En primer lugar, en ese libro señalamos que: “La abeja europea fue introducida en Rio Grande do Sul a comienzos del siglo XIX, por algún inmigrante o por algún viajero”.1 Pues bien, J. V. Vigneron Jousselandière afirma haber llevado de Francia a Brasil, en 1819, cuatro enjambres de abejas, y además sostiene que la abeja europea “se ha introducido en Brasil alrededor de 1820, y puedo decir que soy uno de los primeros importadores.”2 Es decir, admite que en aquella época hubo otras introducciones de ese insecto en el Brasil.









LA INTRODUCCIÓN DE ABEJAS REALIZADA POR RIVADAVIA EN ARGENTINA



En segundo lugar, habíamos escrito que: “Bernardino Rivadavia introdujo la Apis mellifera en la Argentina, probablemente con anterioridad a Junio de 1827. Según Sarmiento, las abejas introducidas por Rivadavia se malograron.”3

Para sostener esta posibilidad nos basamos en los siguientes aspectos que presentaba la época de Rivadavia:

a) El fomento de la inmigración desde distintos países europeos. A modo de ejemplo transcribimos esta noticia: “Con el mejor suceso se ha empezado a promover en Francia la emigración de familias industriosas a este país. A mediados de septiembre habían partido ya 191 personas: al fin del mes debían partir 170; y a mediados de octubre se esperaban que estarían en aptitud de embarcarse 150 más”4

b) La preocupación por las ciencias naturales. El proyecto de un Museo sobre el tema ya estaba en marcha desde 1812.5 Y leemos en una publicación de 1825: “Se han recibido por la fragata francesa Jeanne d´ Arc, varios objetos necesarios a la instrucción en diferentes ramos de las ciencias naturales, que el gobierno había pedido de Europa.”6

c) La contratación de diferentes expertos europeos. Por ejemplo, transcribimos lo siguiente: “Igualmente ha sido contratado de botánico y jardinero D. Alejandro Pablo Sack que salió ya de Inglaterra para esta ciudad trayendo consigo una rica colección de plantas y semillas.”7

d) La fundación de la escuela de agricultura y del jardín de aclimatación. Leemos: “La escuela de agricultura práctica ha empezado a aclimatar en nuestro país árboles útiles de que tanto carece: ella propagará métodos prácticos, con que se hagan usuales a los más simples los secretos de la ciencia”. Y, más adelante, en el mismo documento está escrito: “La industria rural crece si cesar, y la corriente de los capitales hacia nuestros campos se engrosa cada día.”8

e) La importación de diferentes animales: ovejas merinas y caballos frisones.9 Bartolomé Mitre escribió: “Cayó Rivadavia, y las introducciones cesaron.”10

f) La promoción de una sociedad para que se ocupe de la propagación de los animales introducidos y que: “podrá, a menos costa, adquirir e introducir en el país, para su propagación, otras castas de caballos, de carneros, de cabras, de camellos, y de demás especies de animales útiles, de que carecemos, a cuyos efectos el Gobierno dispensará toda la protección que le sea posible.”11



Por otra parte, recientemente hemos encontrado en La Gaceta Mercantil del viernes 27 de mayo de 1825 la constancia de que llegó al puerto de Buenos Aires la fragata americana Panther, desde Cantón (China), trayendo para la firma consignataria británica Winter, Brittain y Ca., entre otras cosas, tres cajones con insectos.12 En realidad, la fragata mencionada a cargo del capitán Bowers, llegó a Buenos Aires el 23 de mayo de aquel año, después de 125 días de navegación.13 Se trataba de una embarcación que llevaba y traía mercaderías, incluso desde puertos donde hacía escala en ese largo trayecto como lo demuestra una devolución llegada a Buenos Aires desde Lima.14 Pero no hemos encontrado registrado el trayecto completo. Con respecto a los cajones en cuestión, no expresa qué insectos contienen. Entonces, mencionaremos las tres posibilidades más evidentes:



1º) Que se trate de sanguijuelas, erróneamente consideradas insectos en alguna publicación de la época.



Pero sucede que, según consta en múltiples avisos publicitarios de La Gaceta Mercantil y en cierto artículo de El Argos de Buenos Aires, las sanguijuelas para su uso en medicina eran traídas desde Europa.15



2º) Que se trate de huevos de gusanos de seda (Bombyx mori).



Pero ocurre que, según los datos históricos que hemos obtenido, en aquella época las experiencias hechas en Argentina con ese insecto no eran de gran envergadura. Debemos considerar que alrededor de 1825, el médico inglés John Gilles, o Guilles, o Guillies realizó pruebas en Mendoza con la cría del gusano de seda que le sirvieron como antecedente a Godoy Cruz para iniciar la industria a gran escala en esa provincia recién a partir de 1839.16 Y si tenemos en cuenta que tres cajones podrían contener una cantidad grande de huevos, no acorde con la importancia de las experiencias que se habrían realizado en nuestro país en 1825, surgirán dudas de que los cajones en cuestión hayan contenido huevos de gusanos de seda. Hay que advertir que en el informe de la entrada marítima que consideramos figuran cajones, cajoncitos, cajas y cajitas de distintos productos. Por lo cual, con las distintas denominaciones se menciona el tamaño mayor o menor de cada unidad.



3º) Que se trate de abejas.



Y por las razones ya expuestas, esta es la posibilidad más fuerte. Si provenían de China, serían de la especie Apis cerana. Pero si fueron embarcadas en algún puerto de norte o centro América, o de Australia, serían Apis mellifera. La abeja europea alrededor de 1621 llegó a Norte América, con anterioridad a 1830 ya estaba en México y a partir del año 1800 llegó a Australia.17

Podemos suponer que, si se trató de abejas, para embarcar los cajones en cuestión se debe haber elegido el país más cercano a Buenos Aires que las tuviera, ya que con un viaje más breve se hacía más segura la supervivencia de esos insectos.



Es interesante señalar que, en alguna ocasión el gobierno recurrió a los servicios de la firma consignataria Winter, Brittain y Ca., que recibió los tres cajones con insectos, concretamente en la recepción y devolución de algunos cajones con billetes para el Banco de descuentos fundado en tiempos de Rivadavia.18

De todos modos, la introducción de insectos comentada se suma a la de otros animales y plantas demostrando una gran diversidad de recursos importados durante la época del prócer. Y si son abejas, podrían tratarse de las que, según Sarmiento, “Rivadavia introdujo y se malograron” 19. Para lo cual no es imprescindible que Rivadavia las haya traído personalmente. Si él encargó el envío a algún consignatario, originó la introducción del insecto en cuestión.

Por otra parte, el hecho de no poder presentar un documento que pruebe fehacientemente la llegada de abejas del género Apis a Buenos Aires con anterioridad a junio de 1827, no significa que se pueda negar esa posibilidad, máxime que no se publicaban todas las entradas marítimas o no se daba el detalle del contenido. Como ejemplo, podemos leer lo siguiente: “Por la fragata francesa Antonia, procedente de Nantes, llegada a la Ensenada de San Borombón, con 128 emigrados, se han introducido en esta 4 cajones de varios efectos, a la consignación de Mendeville, Loreilhe y Ca.20

Así mismo, es posible que las únicas abejas introducidas por Rivadavia hayan sido las que, según El Universal de Montevideo, trajo a su regreso de Francia en 1834, y que por no poder permanecer en Buenos Aires llevó a Colonia del Sacramento21, donde practicó la apicultura hasta octubre de 1836.

Sin embargo, debemos agregar que Juan María Gutiérrez, al escribir la biografía de Rivadavia, expresó: “El señor Rivadavia se asiló entonces en el Estado Oriental. En una hacienda de las inmediaciones de la Colonia del Sacramento se consagró a ocupaciones rurales. Rodeado estaba de colmenas…” 22 Si Juan María Gutiérrez no ignoraba que Rivadavia practicó la apicultura en el Uruguay, es difícil que Sarmiento, quien mantenía amistad y correspondencia con Gutiérrez, desconociera ese dato. Y además, como lo demuestra en su obra Facundo, Sarmiento conocía muy bien la historia de la época de Rivadavia.23 Por lo tanto, cuando Sarmiento escribió que las abejas introducidas en Buenos Aires por Rivadavia de malograron, no se habría confundido con las que este prócer llevó a Colonia del Sacramento donde se multiplicaron.

En aquel entonces, dicho sea de paso, se importaba a Buenos Aires miel de “abeja superior” de La Habana, y también cera 24, que seguramente eran productos de la Apis mellifera.25

En 1852, en Argentina todavía se aprovechaban los productos de las abejas autóctonas. Justo Maeso, traductor del libro escrito en inglés por Woodbine Parish, procuró durante ese tiempo mediante extensas consideraciones estimular la práctica de la apicultura con esos insectos.26




LA INTRODUCCION DE LA APIS MELLIFERA

EN BUENOS AIRES. AÑO 1857



La publicación en El Nacional de lo escrito por Sarmiento y transcripta en nuestro libro de 1979 27, se confirma en parte con lo publicado en El Orden del 13 de diciembre de 1857:

“Abejas – Sabemos con placer que los S.S. Casares poseen catorce colmenas.

“El clima de Buenos Aires que ha sido considerado por muchos poco propicio para las abejas no ha contrariado la conservación y multiplicación de los enjambres cuidados con inteligencia y esmero.

“Creemos que muchos propietarios de casas de campo industriosos deberían introducir en sus granjas colmenas. El valor de los productos que ellas ofrecen pueden compensar con usura el trabajo que se emplee en conseguir la multiplicación de familia tan útil y preciosa.” 28

De lo leído se deduce que las colmenas de los señores Casares ya habrían estado en Buenos Aires un tiempo antes de diciembre de 1857. Y si llegaron en el transcurso de aquel año se daría una hermosa coincidencia: la Apis mellifera habría sido introducida en Buenos Aires durante el año de la repatriación de los restos de don Bernardino Rivadavia.





BOLETÍN MENSUAL DEL DEPARTAMENTO DE AGRICULTURA DE LA REPÚBLICA ARGENTINA



Comentaremos algunas publicaciones efectuadas en este Boletín, durante los años 1878 y 1879.



En primer lugar, la consulta que sobre un nuevo insecto dañino para sus colonias de abejas hizo al Departamento de Agricultura el Sr. Nicolás Lowe, en 1878. Este apicultor, dedicado desde hacía muchos años a atender como aficionado sus colmenas, observó por primera vez a la polilla de la cera. El Departamento de Agricultura manifestó en la respuesta no haber tenido conocimiento hasta el momento sobre la existencia de ese dañino insecto en la Argentina.

El encargado de determinar la especie y el modo de combatirla fue el inspector de zoología Dr. Weyenbergh, quien esperaba la aparición de las mariposas en la muestra en su poder para saber si se trataba de la especie Galleria mellonella o si se trataba de una especie argentina del mismo género, aunque no creía en esta última posibilidad.

El Departamento de Agricultura, frente a esta novedad para la apicultura argentina, manifiesta en la respuesta dada a Lowe su interés por saber si se han importado últimamente colmenas desde Europa.

En la publicación que estamos comentando, Lowe no menciona la provincia en la que se encuentra su colmenar.

Al referirse el Departamento de Agricultura, en su respuesta a Lowe, a la forma de combatir el insecto en cuestión, se basa en lo que el Dr. Weyenbergh afirmó en su informe y en lo que se leyó en el Livre de la Ferme. Afirma que se deben cerrar todos los orificios de las colmenas por donde pueda penetrar la polilla, que se deben eliminar todas las que se encuentren y, sobre todo, que conviene tener colmenas fuertes que pueden resistir mucho mejor los ataques de ese insecto.

En consecuencia, creemos de real interés destacar que la primera información oficial sobre la posible presencia de la Galleria mellonella en la Argentina fue publicada en el año 1878. 29



Seguidamente nos ocuparemos de una noticia muy importante para la provincia de La Rioja.

También en 1878 se publicó que el Secretario de la Comisión de Agricultura visitó en esa provincia al padre Fray Lucas Rodríguez, quien le manifestó haber comprado recientemente ocho enjambres de abejas a un francés que viajaba a Tucumán desde San Juan. El padre Rodríguez instaló su pequeño colmenar, que podría ser el primero con abejas europeas en la provincia de La Rioja, en el fondo del convento de La Merced. Expresó que estimaba que la provincia de La Rioja, debido a sus templados inviernos, era más propicia para la apicultura que San Juan o Mendoza, ya que creía que en La Rioja no era necesario dejarles cierta cantidad de miel a las abejas para pasar el invierno.30



Y podemos comentar que encontramos en un Boletín Mensual del Departamento de Agricultura, de 1879, una rápida descripción sobre las abejas y la apicultura. Nos ocuparemos de los aspectos más curiosos desde el punto de vista histórico.

Comienza con un error al mencionar la especie, ya que se refiere a la Apis mellifica en lugar de la Apis mellifera. Sabemos que Linneo al clasificar la especie, en 1758, por error la llamó Apis mellifera, que significa abeja portadora de miel. Al darse cuenta de su equivocación cambió la denominación por Apis mellifica, es decir, abeja productora de miel, pero como de acuerdo con las reglas de nomenclatura zoológica la primera denominación es la que corresponde usar, no importando si la misma coincide o no con lo que realmente es la especie clasificada, debemos escribir Apis mellifera.

Más adelante, el artículo en cuestión, redactado en Europa, se refiere a las colmenas manifestando que uno de los materiales más usados para su fabricación es el corcho. También menciona a los travesaños que contiene, lo cual prueba que a pesar de que en 1851 se inventó el cuadro movible, en Europa se persistía más de veinte años después en el uso de los antiguos travesaños para que las abejas construyeran adheridos a ellos sus panales.

Luego, al tratar sobre los cuidados que se deben prestar a las colmenas durante el invierno, se refiere al cierre de las piqueras con alambre tejido para impedir la entrada de los enemigos naturales.

Y en lugar de expresar que se cosechaban las colmenas, utiliza otro término que posiblemente fue usual en la época: castrar o catar.31

Más adelante, hay una interesante reflexión sobre la importancia de las abejas en la polinización, publicada en el periódico inglés Gardner´s Chronicle y transcripta en el Boletín Mensual del Departamento de Agricultura, en 1879.32






AGRADECIMIENTOS

Le agradecemos al señor Fernando Julio Biolé por habernos informado sobre la obra citada de Vigneron Jousselandière, J.V.

Y le agradecemos al señor Juan José Cordara el envío desde el Uruguay de su trabajo mencionado en la nota 21.









''''NOTAS

1 Bierzychudek, Antonio, Historia de la apicultura argentina, Buenos Aires, Héctor J. Mattone, 1979, pág. 147. Este libro reúne lo que el autor había publicado en Gaceta del Colmenar.

2 Vigneron Jousselandière, J.V., Manuel d agriculture pratique des tropiques, Paris, Nouvelle librairie agricole J. Louvier, 1860, págs. 183 y 301, 302.

3 Bierzychudek, Antonio, óp. cit., pág. 148.

4 Mensajero Argentino, Buenos Aires, microfilm Biblioteca Museo Mitre, 6/12/1825.

5 Palcos, Alberto, La visión de Rivadavia, Buenos Aires, Librería y Editorial “El Ateneo”, 1936, págs. 215, 216.

6 Mensajero Argentino, óp. cit., 27/12/1825.

7 Ibídem, 27/12/1825.

8 El Argos de Buenos Aires, Buenos Aires, Reimpresión facsímil dirigida por los señores Rómulo Zabala, Mariano de Vedia y Mitre y Ernesto H. Celesia, Academia Nacional de la Historia, Junta de Historia y Numismática Americana, 1941, 5/5/1824.

9 La Gaceta Mercantil, Buenos Aires, microfilm Biblioteca Nacional de Buenos Aires, 19/7/1825.

10 Mitre, Bartolomé, Ensayos históricos, Buenos Aires, Talleres Gráficos Argentinos L. J. Rosso, 1937, pág. 257.

11 La Gaceta Mercantil, óp. cit., 19/7/1825.

12 Ibídem, 27/5/1825.

13 Ibídem, 24/5/1825.

14 Ibídem, 15/5/1824.

15 Ibídem, 20/7/1824; 01/06/1824; 31/07/1824; 03/08/1824; 30/04/1825; 22/10/1825; 24/11/1826; 04/01/1827; 29/01/1827; 30/01/1827; 13/02/1827, 01/03/1827 y 11/05/1827. El Argos de Buenos Aires, óp. cit.,05/06/1824.

16 García-Godoy, Cristián, Tomás Godoy Cruz su tiempo, su vida, su drama, Washington D.C. Estados Unidos, Vida Plena, 1991, págs. 647 y 651.

17 De Jaime Lorén, José María, Sobre la primicia hispana en cuanto a los envíos de abejas europeas a América, Moncada, Valencia, Universidad Cardenal Herrera, 2003, págs. 600, 601 y 603.

18 Documentos del Manual, Buenos Aires Mayo-Junio de 1825, 22-8-4, pág. 425, Archivo General de la Nación. Y La Gaceta Mercantil, óp. cit., 20/09/1824.

19 Bierzychudek, Antonio, óp. cit., pág.133.

20 La Gaceta Mercantil, óp. cit., microfilm Biblioteca Universidad de La Plata, 24/03/1826.

21 Cordara, Juan José, Apicultura. La primer colonia de abejas en la República Oriental del Uruguay, Montevideo, 2010. Fragmento transcripto de El Universal, Montevideo, 26/01/1836.

22 Gutiérrez, Juan María, Bernardino Rivadavia, Buenos Aires, Emecé Editores S.A., 1945, pág.66.

23 Sarmiento, Domingo F., Facundo, civilización y barbarie, Avellaneda, Buenos Aires, Editorial Universitaria de Buenos Aires, 1961, págs. 107 a 113; 192 a 195; 231; 253 y 256.

24 La Gaceta Mercantil, óp. cit., microfilm Biblioteca Nacional de Buenos Aires, 12/08/1824; 16/07/1826.

25 De Jaime Lorén, José María, óp. cit., pág. 598.

26 Parish, Woodbine, Buenos Aires y las Provincias del Río de la Plata, Buenos Aires, Hachette, 1958, págs. 99 a 402.

27 Bierzychudek, Antonio, óp. cit., págs. 133 a 135.

28 El Orden, Buenos Aires, microfilm Biblioteca del Congreso de la Nación, 13/12/1857.

29 Boletín mensual del Departamento de Agricultura, Buenos Aires, 1878, t. 1, págs. 97, 98.

30 Ibídem, pág. 103.

31 Ibídem, 1879, t. 3, págs. 223,224.

32 Ibídem, pág. 350.

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